Lobos o Hermanos

Luis Ugalde, 15 de diciembre de 2020

Las armas hicieron silencio y la guerra besó a la paz cuando desde la  trinchera alemana se elevó el suave canto “Stille Nacht, heilige Nacht”, al  que se sumaron los soldados ingleses en su lengua “Silent night holy night”. “Noche de paz, noche de amor”. De corazón los enfrentados se dieron  permiso mutuo para enterrar a sus muertos y se obsequiaron cigarrillos y  tarjetas navideñas. Era la Navidad de 1914 en las trincheras de Ypres  (Bélgica) a los 4 meses de empezada la I Guerra Mundial. Los altos mandos  de uno y otro lado se disgustaron y silenciaron esa conducta tan “irracional”  y peligrosa en plena guerra. Luego continuaron durante cuatro años  cumpliendo el “deber” de matarse, exigido por la lógica “racional” de dominar  y derrotar al otro. ¿Para qué? Para, por medio de la muerte de millones, terminar los vencedores mutilando a Alemania que había ensalzado la  guerra segura de su triunfo; una humillante derrota y mala paz que alimentó el resentimiento del pueblo alemán y dio alas luego a la locura criminal de  Hitler y a la II Guerra Mundial que, con más eficaz “racionalidad instrumental” logró 100 millones de muertos y una Europa destruida.

La racionalidad instrumental y la felicidad. Los ilustrados del siglo XVIII creían haber descubierto la piedra filosofal de la felicidad humana: la causa  del mal era la ignorancia y el dominante oscurantismo religioso. Con la  entronización de la diosa Razón se liberaría nuestra razón y descubriríamos  las leyes científicas que el Creador puso cuando hizo este mundo con  escuadra, compas y fórmulas matemáticas. Efectivamente en el “Siglo de las  Luces” (y antes) la razón descubrió que la materia no era caótica e irracional sino toda ella ordenada con las leyes matemáticas, físicas, biológicas… También en las sociedades desaparecería el mal con las leyes de la “física  social” (Sociología), y de la Psicología. La economía desbordaría en riqueza  bien distribuida con solo respetar la “ley científica” del libre juego del  mercado sin la imposición externa de la autoridad política ni de la ética.  Las dos guerras mundiales no fueron obra de los ignorantes, sino de los  países más “ilustrados” y avanzados en el manejo de las leyes científicas y  tecnológicas aplicadas para la mayor destrucción del enemigo. Los países  más ricos y poderosos sembraron millones de vidas en los barrizales de las  trincheras y cosecharon millones de muertes y destrucción. 

Pero en la Navidad de 1914 aquellos hombres en trincheras enfrentadas no  pudieron reprimir la fraternidad de su condición humana. Ante el Niño de  Belén se despertaron su bondad y la ternura del abrazo, porque ese “Dios con nosotros” es Dios-Amor; los lobos descubrieron su vocación de  hermanos el uno para el otro. 

El lógico disgusto de los altos mandos militares dejó al descubierto que el  amor trasciende la racionalidad instrumental (científica) y la transforma en  vida. Sabían que ese destello de fraternidad de la “noche de paz” no era una  estupidez, ni una traición, como sería juzgado y castigado por la lógica de la  guerra.  

Homo homini lupus y Europa de 1945 a 1965  

El hombre es lobo para el hombre, como ya lo escribió Plauto en el siglo III  antes de Cristo y nos recordó Hobbes. Pero lobos llamados a hacernos hermanos, nos lo muestra Jesús.  

En 1945 según la racionalidad de la dominación, Francia y Alemania  debieron prepararse con mayor inversión, esfuerzo y técnica para derrotar  al otro en la tercera matanza mundial. Pero no fue así. Los vencedores EE.UU. en primer lugar- se convencieron de que es una estupidez mutilar al vencido y destruirlo para que nunca vuelva a tener fuerza. Por el contrario  escogieron el camino de la colaboración para la recuperación, y luego de la Unión Europea con la convicción de que es necesario que a Alemania le vaya  bien para que a Francia le vaya bien y viceversa. Decidieron jugar a “ganar  ganar”, no invertir en tropas y armas contra el otro y desmontar las fronteras  y los odios para destruir al enemigo histórico. Las convicciones y audacia  política de tres dirigentes cristianos (Schumann en Francia, Adenauer en  Alemania y De Gasperi en Italia) fueron decisivas para la Unión Europea y  el “Milagro alemán”. Hoy la Europa de naciones que se mataron durante  siglos no gasta un euro en tanques, bombas y ejércitos para destruirse. Ya  no se siembra el odio mutuo y se entiende que la guerra, además de una  catástrofe criminal, es una estupidez destructora.  

Navidad y política en Venezuela  

Esa es la Navidad para los cristianos, y también para los que no son  religiosos o no conocen el cristianismo. Es lo que nos dice el papa Francisco  en su última encíclica “Fratelli Tutti”. Siguiendo a Jesús, y con el ejemplo  de Francisco de Asís, estamos llamados a transformar el lobo que somos en  “hermano lobo”. Sin olvidar que esta conversión no es hereditaria, ni  erradica al lobo, sino que las nuevas generaciones, y cada persona, tenemos la responsabilidad permanente de convertir día a día el lobo  que somos en hermano. Hoy en el mundo y en Venezuela Jesús vive y nos  dice que para encontrar nuestro propio yo tenemos que hacernos nos-otros; que dar la vida por otro no es perderla sino ganarla, que nadie tiene más amor que quien la da por otro; y que el amor es más fuerte que la muerte porque Dios es amor.

Venezuela está derrotada. Millones van al exilio porque aquí no encuentran  vida. El poder y la dominación entronizados como supremos dioses han  traído muerte, miseria y represión, incluso para los seguidores de la dictadura. Continuarla es una estupidez y un crimen. Esta Navidad como  ninguna otra hemos de preguntarnos qué debemos hacer unos y otros para  entrar en una nueva dinámica política de “ganar ganar” con la convicción  de que para que al pobre le vaya bien tienen que florecer el trabajo y las  empresas y que estas no pueden ser exitosas si el pueblo está en hambre,  sin educación, sin oficio, y sin trabajo ni ingresos. 

La política tiene que nacer de nuevo. En esta trágica derrota nacional sin ganadores, el diálogo nacional e internacional ha de ser la piedra  fundamental para que renazca la vida, la economía y la política  democrática animada por la fraternidad. 

¡Feliz Navidad a pesar de que Venezuela llega a ella derrotada y en agonía!  Que el Niño-Dios nos traiga como regalo la convicción de que la felicitad no  está en la destrucción del otro bando, sino que el otro tiene lo que a mí me  falta y yo lo que él necesita: ser nos- otros. Que el reconocido fracaso del enfrentamiento destructivo nos lleve a entender que la puerta de la felicidad  se abre hacia fuera (Kirkegaard) y que mi llave está escondida en el otro y  la de él en mi. ¡Feliz Año 2021 con una nueva Venezuela como tarea de  todos!